Había una vez un circo...

"Había una vez, un circo que alegraba siempre el corazón, lleno de color, un mundo de ilusión, pleno de alegría y emoción..." Era la canción de cabecera del circo de 'Los payasos de la Tele' -Gabi, Fofó y Miliki- allá en los albores de la década de 1970.
El circo vivido este jueves, 19 de junio, durante el Pleno del Ayuntamiento de Ponferrada, ni alegra el corazón, ni está pleno de alegría, ni de emoción... aunque sí es un mundo de ilusión. Bueno, más bien de ilusionismo. Porque ya nos dirán cómo es posible semejante puesta en escena y teórico enfrentamiento despiadado, para acabar votando todos juntos en la misma dirección. ¿Nos toman el pelo?
Más pendientes de que sus gestos y palabras de "gran estadista" den para un buen titular, que de pensar en las consecuencias que para la ciudadanía tienen sus acciones.
Aunque cuesta, no es imposible comprender el origen de estos comportamientos infantiles, inmaduros y vanidosos de los "representantes" municipales mandato tras mandato. Parece que ya vienen así de fábrica. Acuden a las sesiones plenarias con actitud defensiva y henchidos de soberbia, prestos y dispuestos a batirse en sus duelos de egos. Más pendientes de que sus gestos y palabras de "gran estadista" den para un buen titular, que de pensar en las consecuencias que para la ciudadanía tienen sus acciones.
Y encima, desde hace tiempo y con la excusa de la transparencia, transmiten en vivo unas sesiones que nadie ve, aunque los protagonistas de la opereta actúan como si miles de valientes ciudadanos estuviesen pendientes de ellos. Sí, valientes. Hay que serlo para aguantar estoicamente, no ya la lectura de los puntos del orden del día -que al menos es lo que realmente afecta a la ciudadanía-, sino las intervenciones de quienes consideran el salón de sesiones como un escenario para el lucimiento personal y la corrección del déficit de autoestima.
Normal que los ciudadanos estén hartos. Es que da la sensación de que ustedes viven en una burbuja, en una realidad paralela a la de sus convecinos.
Normal que los ciudadanos estén hartos. Es que da la sensación de que ustedes viven en una burbuja, en una realidad paralela a la de sus convecinos, alejados de la calle -salvo para hacerse fotos y vídeos con ánimo de convertir en noticia lo que no es noticiable- y preocupados por su carrera -cómo mantenerse en ella- y ambiciones políticas. Todos, desde cualquier ayuntamiento hasta la presidencia del gobierno, presumen de currículum y de que perfectamente podrían ganarse la vida sin ella, pero el caso es que cuando acceden a la política, son contados los casos de quienes la abandonan después de haberla probado. ¿Saben por qué? Porque entrar en política no es sinónimo de vocación y servicio público al ciudadano, sino de pertenencia a una clase con una serie de privilegios y modo de vida al que sólo unos pocos elegidos -elegidos en las urnas- tienen acceso. ¿Y cuál es la llave de entrada a este "paraíso"? Los partidos. Y más en concreto la tienen sus jefes, quienes se encargan de hacer las listas electorales.
El talento se paga. De ahí que la política se haya convertido en el lugar idóneo para mediocres e incompetentes, quienes nunca en su vida tendrían acceso a esos salarios públicos por méritos propios en la esfera privada.
Además, y aunque esto a muchos les sonará extraño, en la política se cobra poco en relación a la responsabilidad que en teoría deberían tener los políticos. ¿No es acaso un alcalde el gestor de una gran empresa con miles de trabajadores-contribuyentes? En sus manos están no pocas decisiones que les afectan a diario. Por eso, auténticos gestores de éxito, suficientemente capacitados, rehúsan dar el salto desde el sector privado al público. Pueden tener mayor o menor vocación de servicio hacia los demás, pero no pondrán su talento a disposición de la ciudadanía a ese precio. Lo cual parece lógico en un sistema liberal-capitalista. El talento se paga. De ahí que la política se haya convertido en el lugar idóneo para mediocres e incompetentes, quienes nunca en su vida tendrían acceso a esos salarios públicos por méritos propios en la esfera privada.
Se desprende que quien va a decidir por ti, qué menos que cuente con habilidades y experiencia para tomar esas decisiones que tendrán consecuencias en tu día a día.
Así que, la cuestión no atañe sólo a la limitación de mandatos, dedicaciones y demás humareda reglamentaria. Está más bien relacionada con la capacidad y competencia de quienes van a gestionar dinero público y a tomar decisiones que afectan a todos. Gestión de dinero público. Grábenselo a fuego. Y se desprende que quien va a decidir por ti, qué menos que cuente con habilidades y experiencia para tomar esas decisiones que tendrán consecuencias en tu día a día. Y hacerlo con responsabilidad. Es decir, las decisiones tienen efectos sobre miles de personas. Deberían haber consecuencias patrimoniales para quienes adoptan decisiones que manifiestamente son erradas, van en contra de los intereses de la mayoría -le hayan votado o no; en esto consiste la representación de los electores- y suponen un agravio para las arcas públicas, el dinero de todos. Por eso meterse en política es tan guay, ¿cierto? Porque, salvo que sea por infringir la ley, acciones como destinar dinero con fines ajenos al bien común o, sencillamente, derrocharlo, no tiene consecuencias.
Por tanto, no es que a la ciudadanía no le interese o "pase" de la política, pues al fin y al cabo las decisiones que en ella se toman afectan a nuestras vidas. Lo que no quiere la ciudadanía es que la política se convierta en un juego circense. Claro que a la gente le interesa la política. Siempre, desde tiempos inmemoriables, así ha sido. Otra cosa bien distinta es que a ustedes sí les interese mantener a la ciudadanía cada vez más alejada de las res publica y así escapar a su control, procurándole para ello pan y circo. Y, a falta de pan, más circo.
Dignifiquen la política. Es su obligación para con la ciudadanía y, de paso, se harán un favor a ustedes mismos.















