Gestionar la naturaleza como se hacía antes de que la ideología sustituyera a la sensatez

Estamos viviendo la DANA del fuego y, aunque el cambio climático es real, no es más que una pequeña parte de la explicación: incendios siempre hubo y DANAs también, pero antes del ecologismo extremo se gestionaba todo mucho mejor que con Pedro Sánchez.
Hoy se culpa al clima como coartada, mientras se abandona lo esencial: limpiar montes, hacer quemas preventivas en invierno, mantener cortafuegos, construir embalses y garantizar agua para emergencias.
España tiene una de las mayores redes de embalses de Europa que la hizo Franco, pero lleva décadas sin reforzarla porque la izquierda es anti embalse.
Las quemas prescritas, que en países como Portugal, EE. UU. o Australia son básicas para reducir combustible en el monte, aquí se ven como un tabú ideológico.
Lo mismo ocurre con la mortalidad por calor: en España, en 2022 murieron unas 4.600 personas durante olas de calor, mientras que en EE. UU., con veranos más extremos en lugares como Texas o Arizona, la mortalidad es casi inexistente porque la electricidad cuesta la mitad y el aire acondicionado está en cada vivienda.
Aquí, la obsesión regulatoria y el coste energético convierten en lujo lo que debería ser una medida básica de salud pública.
Este ecologismo de despacho, construido sobre eslóganes y prohibiciones, no salva vidas: las pone en riesgo. El verdadero respeto por la naturaleza no consiste en idolatrarla desde un ministerio, sino en gestionarla con inteligencia y responsabilidad, como se hacía antes de que la ideología sustituyera a la sensatez.
















